Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas
24/05/2018

COLABORACIÓN CIENTÍFICO-TÉCNICA A CASI CUATRO MIL METROS DE ALTURA
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Guillermo Rolón es investigador del CONICET en Tucumán, e integra un equipo que actualmente brinda asesoramiento técnico a comunidades originarias de alta montaña en sus construcciones y desarrollos productivos.




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Reunirse una mañana fría de otoño, a las 5 de la mañana; tarea difícil, si las hay. La escena denota cuerpos apretujados de ropa abrigada, pelo desarreglado y rostros signados por el cansancio. Es viernes, y el fin de semana observa de reojo, expectante. Pero no es un viernes más. Es el día en el que Guillermo Rolón y Gabriela Varela Freire emprenden nuevamente un viaje a Lara, localidad ubicada al noroeste de Tucumán, rodeada por las cumbres calchaquíes de Tafí del Valle. Es que la Comunidad Indígena Diaguita Calchaquí Potrero Rodeo Grande, se encuentra ejecutando en esa zona un proyecto de cadena de valor de la lana, para revalorizarla y mejorar su comercialización. En este contexto, el investigador y su equipo, en conjunto con la Secretaria de Agricultura Familiar del Ministerio de Agroindustria de la Nación (SAF, MINAGRO), brindan asesoramiento, mejorando los materiales y diseños de las edificaciones, también llamadas “unidades productivas”, y capacitan a los comuneros en todo el proceso productivo de esa fibra natural.

Un ascenso nada fácil

Al hablar de Lara, es inevitable pasar un detalle por alto: está ubicado a 3800 metros de altura, aproximadamente. Por esa razón, está reservada la hoja de coca, alguna pastilla anti-mareos y el mate (aunque “innecesario”, indispensable para el grupo). Porque llegar a la cima demanda alrededor de cuatro horas en camioneta, por un camino sinuoso y empedrado.

En la mitad del viaje, Rolón va describiendo al grupo, integrado por los Ing. Zoot. Juan José Jorrat y Fernanda Arias, y la Tec. María Florencia Gómez -todos miembros de la SAF, MINAGRO-, los planos que detallan las dimensiones de cada uno de los edificios productivos que se levantarán en Lara, y que ya funcionan en Potrero. Además, cuenta de qué material están hechos los recintos, los cuales utilizan Adobe como componente constructivo. El investigador rezonga, porque a alguien se le escapa “¡ladrillo de adobe!”, manifestando que no poseen las mismas características. “El adobe se puede producir sin necesidad de consumo energético (electricidad, gas o leña). Simplemente se prepara la mezcla de barro específica -cuya composición varía de productor en productor-, luego se le da forma prismática con algún molde y se lo deja secar al aire libre de manera controlada. Una vez seco, está en condiciones de ser empleado. En cambio, el ladrillo rojizo (de producción artesanal), al igual que el cerámico industrializado, requiere un proceso de cochura”; por ende, necesitan del consumo de energía. Este último proceso es inviable para la comunidad, señala Rolón, debido a que “no disponen de los recursos materiales y económicos para hacerlo”. Otra diferencia es la aislación térmica entre materiales: a contramano del ladrillo común, el muro de adobe tiene menor transmitancia térmica; es decir, “aisla más el frío y el calor”. En este sentido, vale aclarar que Lara sufre de temperaturas extremas y amplitudes térmicas importantes. 

Arquitecta de profesión y becaria del Consejo hace dos años, Freire agrega que los desarrollos propuestos son analizados en el Centro Regional de Investigaciones sobre Arquitectura de Tierra Cruda (CRIATiC), que funciona en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU, UNT). Allí se evalúan materiales, componentes y elementos constructivos basados en tecnología de tierra, para su aplicación masiva en la resolución de viviendas de interés social, tanto en el medio urbano como rural.

Ciencia aplicada, en pos del bienestar productivo y social

El proyecto comunitario de articulación entre el Centro de Estudios sobre Territorio y Hábitat Popular (CETyHaP) de la FAU, la Secretaría de Agricultura Familiar y la Comunidad Indígena de Rodeo Grande, que comprende Lara y Potrero, empezó a ejecutarse a principios de 2017, cuando se origina el contacto con los miembros del CONICET con el propósito de revalorizar las técnicas de construcción local, a través del aprovechamiento de los recursos disponibles de la zona. ¿Cuál es su aporte? Realizan pequeñas innovaciones que mejoran las tecnologías y materiales tradicionales. Una vez que elaboran los planos con las dimensiones necesarias y asesoran a los comuneros en las técnicas constructivas, los trabajadores pueden comenzar a ejecutar las mamposterías (muros) de adobe y bloques de tierra comprimida (BTC) para las edificaciones, con el fin de fabricar o acondicionar los espacios que utilizan para la confección, capacitación, almacenamiento, exhibición y venta de los productos de la lana, lo que contribuye en el procesosocio-económico de la comunidad como una posibilidad de generar emprendimientos productivos.

“Las unidades están pensadas con materiales locales y técnicas constructivas vernáculas e innovadoras que permitirán mejorar la calidad del hábitat de los comuneros, bajo condiciones confortables y saludables, utilizando la tierra como material de construcción, produciendo así un menor impacto económico-ambiental”, sostiene Rolón. Asimismo, deja en claro: “Sólo venimos a trabajar sobre la base y el conocimiento que ellos tienen sobre los aspectos constructivos tradicionales, mejorando con el diseño la sismo-resistencia de los edificios”. Por otro lado, Rolón considera que las mejoras son oportunas para desmitificar la “construcción con tierra”, en relación al mal de Chagas, generado por la Vinchuca. “Venimos a renovar las terminaciones de las edificaciones, porque lo que permite el alojamiento del insecto vector no es el material, sino la precariedad en las construcciones”.

Por su parte, Freire señala que en su actividad productiva pastoril, que incluye el manejo del ganado ovino, caprino y vacuno, parte de la comunidad realiza una trashumancia (traslado) entre la comuna de Potrero, ubicada a unos 1700 msnm en el invierno, y el paraje de Lara, durante el verano. “El ganado de Puna de Lara baja hacia Potrero debido a las bajas temperaturas invernales. De esta manera, la cadena de valor se mantiene en funcionamiento con el aporte de los miembros de las dos ubicaciones”, dice la becaria. A lo dicho, Jorrat agrega que el proceso se completa con la confección y posterior venta de las artesanías. En Lara se lleva a cabo la producción primaria: los comuneros esquilan el ganado; luego lo clasifican y acopian. Ya en Potrero, las hilanderas lavan la fibra, la cardan, hilan, tiñen y confeccionan las prendas. “Los resultados obtenidos son el fruto de un compromiso interinstitucional para fabricar alternativas productivas serias en comunidades originarias que tanto lo necesitan”, concluye convencido el zootecnista. 

Esta colaboración interinstitucional, en la que el CONICET aporta la expertise sobre construcción, y el MINAGRO sobre la revalorización de la lana y el financiamiento a través de la Ley Caprina y Ovina, deja entrever una sola cosa: sólo la sinergia de múltiples actores permite cambiar la realidad de comunidades originarias y generar iniciativas que mejoren sus condiciones de vida.

Por Maximiliano Grosso
Prensa - CCT CONICET Tucumán

Alejandro Torres
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